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El otro día @d4vecarter me explicaba una anécdota de su primer trabajo y me hizo recordar otra que me ocurrió a mi, también en mi primera experiencia profesional. Fue en una conocida cadena de supermercados, donde trabajaba los veranos como reponedor. Entré a trabajar a través de la típica ETT junto con otros cuatro chavales. Tenía claro que no iba a ser el trabajo de mi vida, puesto que en septiembre empezaría a estudiar la carrera para convertirme en un hombre de provecho. Quién me iba a decir a mi que acabaría siendo un desgraciao. Pero eso es otra historia.

El caso es que el primer día nos repartieron a cada uno por las diferentes secciones del supermercado. A mi me tocó la sección de droguería, en la que tenía que reponer los pasillos con el papel higiénico, pañales, pañuelos de papel, lejías y otros productos de limpieza e higiene. Para reponer el producto de los pasillos, teníamos que hacer viajes al almacén, el cual estaba en una planta inferior. Se accedía por un ascensor que normalmente estaba en uso y con varios de nosotros haciendo cola para esperarlo. También teníamos varias transpaletas manuales, pero no había para todos.

Mi primer día fue un fracaso absoluto. Entrábamos a las 7:00 de la mañana y teníamos tres horas hasta que se abrían las puertas al público a las 10:00, para limpiar nuestros pasillos y reponer el producto faltante. Mi problema fue que empleé las tres horas en anotar todo lo que faltaba, buscarlo en el almacén y hacer varios viajes poco efectivos cargando palés del mismo producto para rellenar toda la sección del mismo en su correspondiente pasillo.

A las 9:45 vino el encargado y puso el grito en el cielo al ver 1/4 de mi sección repleta y el resto medio vacía. Me iba echando la bronca mientras se puso a rellenar los huecos de las estanterías con productos que estaban al fondo, de modo que no se viese que por dentro estaban huecos. Es lo que se conoce en el gremio como frontear. En menos de diez minutos teníamos toda la sección impecable, sin ningún hueco en ninguna estantería que se percibiese a simple vista. Cuando acabamos, me dijo:

Lo importante es que los clientes no vean ningún hueco. Ahora tienes el resto de la mañana para rellenar las estanterías tranquilamente, si quieres.

Fue mi primer y último error. A partir del segundo día, comenzaba mi jornada laboral en el orden inverso. Nada más llegar me dedicaba a frontear todo el pasillo de mi sección. Si podía cubrir todo el espacio frontal de la estantería de un producto con los dos o tres que quedaban, lo hacía y no me preocupaba más de él hasta la hora de abrir. De 7:00 a 10:00 solo hacía viajes al almacén para traerme los productos en los que no podía cubrir la parte frontal. De este modo, terminaba de cubrirlo todo en menos de una hora y podía dedicar el resto de la mañana a rellenar tranquilamente los pasillos por detrás, sin ninguna presión.

Como he mencionado antes, no era el trabajo de mi vida, pero de toda experiencia vital se puede extraer algo bueno. Y para mi fue aquella lección. En todo trabajo, hay que comenzar por lo más importante primero y lo más importante es lo que valora el cliente que va a recibir tu trabajo. Los clientes de aquel centro comercial valoraban la imagen y el orden por encima de todo, por lo tanto esperaban encontrar los pasillos impecables y repletos de productos. Eso formaba parte de la imagen de la marca, por eso se podían permitir tener precios algo más altos que la competencia.

¿Significa eso que hay que dedicarse a maquillar lo que haces para cubrir el expediente? Desde luego que no. A mi me pagaban toda la mañana por rellenar las estanterías, pero entregar primero lo que es importante para el cliente es vital para que la calidad percibida sea máxima desde el primer instante. Ellos en ningún momento percibían que los estantes estaban huecos y yo podía trabajar tranquilo. Frontear los estantes era nuestro MVP. Al final terminaba haciendo el mismo trabajo, pero a la hora de apertura lo más importante estaba hecho y no volví a tener presión.

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Daniel de la Cruz


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